Necesito una luna,

que venga serena a posarse

sobre mi cabeza.

 

Un atardecer que manche mi ropa,

con luces y hierbas,

que vuele sobre la aurora

y me bese las manos.

 

Necesito abrazar a mi amigo,

sentado en una banca,

bajo la lluvia de un otoño

que se convierta en un lago.

 

Con una iglesia

que cubra nuestras espaldas,

blanquecinas o negras,

derramadas con miel y cigarro.

 

Necesito una mujer que me tome de la mano

y no voltee a ver a su madre,

a escuchar sus letanías,

de sacerdote frustrado.

 

Una mujer que se adentre en la selva,

cazando hormigas y serpientes,

con miradas,

con caricias.

 

Un fondo blanco que nos proteja,

de la cerveza y la espuma

que se bebe de sus ojos.

 

Ahora que estoy aquí,

aletargado en una hoja,

en un cristal que se rompe con mi voz,

cuando resuena en el eco

de la ventana,

de una Minerva.

 

Necesito un gato

que se acueste en la entrada,

aguardando mi regreso,

un bufido que sea de juego,

de la molestia de un estómago vacío.

 

El maullido que sea ladrido,

sólo para mostrar dos cruces

que se pierden en medio de la fruta

y la semilla que se pudre

para volver a nacer.

 

¿Y por qué no?

Un viaje,

que se haga en medio del mar,

con las olas agitadas,

un bramido que se estrella en la ensenada.

 

Necesito un Dios sonriente,

que no beba en cáliz de oro

ni se vista con ropas de seda.

 

Un Dios que sea millones de dioses,

que bailen y beban vino

o, mejor, pulque.

 

Que no exija un monopolio,

sino un beso en la mejilla.

 

Necesito un café con mis hermanos,

un café que sepa a jade

y a un atardecer en la Alameda,

desvelados,

platicando sobre un poema no escrito,

una línea de teatro

o sobre un ferrocarril que se perdió en el bosque.

 

Necesito un cobija

que me oculte de los espíritus

y me haga viajar a distintos mundos

sólo con ver la oscuridad.

 

A mi madre y a mi padre,

juntos y separados,

ausentes y distantes,

abrazándome por las noches

y contándome cuentos

que siguen en mis memorias.

 

Y un poema,

necesito un poema

que se entierre en el monte,

con vainilla y sal,

para que así pueda volver a llorar.

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